En un momento en el que la España rural parecía condenada a la fuga de talento, Kiko Camarero tomó la decisión inversa: volver a casa para construir allí su negocio. Casi un cuarto de siglo después, recogía el Premio Conaif Energía a Mejor Instalador 2025, la demostración de que cuando uno pone ganas a lo que hace puede alcanzar la excelencia, incluso desde un pueblo de 1.800 habitantes.
Ser electricista no estaba en los planes de Kiko Camarero. “Mi padre era albañil, yo no tenía ni idea de electricidad y tampoco era buen estudiante”, recuerda. Su camino empezó casi por casualidad, empujado por un amigo de la familia que llevaba toda la vida como instalador y vio en él un oficio de futuro. Así empezó a cursar Formación Profesional: “Al final me gustó y terminé los cinco años”. La primera etapa de su vida laboral lo llevó por media España: temporadas en Bilbao, montajes industriales, grandes instalaciones en Teruel. Aquello era aprendizaje acelerado, pero también una ruta errante. Hasta que un día lo tuvo claro: “Dije: yo no quiero andar lejos de mi pueblo ni dando bandazos por todos los mapas de España”.
Ese fue el punto de inflexión. En 2001 decidió volver a Fuenlabrada de los Montes y abrir su propio negocio. Primero, solo electricidad. Desde casa, con solo una libreta llena de presupuestos y las ganas intactas de salir adelante. “Abrí puertas en marzo de 2001 y empecé yo solo”. Pero la estabilidad duró poco. La crisis de 2008 sacudió a todo el sector. “Lo pasamos muy mal, estuvimos a punto de cerrar todos”. Sin embargo, en vez de rendirse, optó por ampliar. Vio que el mercado energético se liberalizaba y se lanzó a crear también una comercializadora. “Empezamos a mezclar el negocio de calle con instalaciones eléctricas y comercializadora”, explica. Para 2012 ya estaban de lleno en ese nuevo modelo.

Los inicios de Kiko Camarero
El crecimiento los obligó a profesionalizarse. “Al principio lo llevaba todo en casa. Era imposible”, confiesa. Abrir una oficina fue un paso natural: más clientes, más trámites y más personal. Hoy son cuatro personas entre oficina y calle, aunque han llegado a ser cinco y en los años previos a la crisis incluso más. Una cifra llamativa para un pueblo de apenas 1.800 habitantes. “Aquí ha cerrado mucha empresa de albañilería, no han tenido relevo. El volumen de obra es menor y sobrevivir solo con electricidad era imposible. Teníamos que ampliar”. Y así lo hicieron: climatización, calefacción, calderas de gasoil, aerotermia, suelo radiante. “Somos una empresa no muy grande, pero hacemos muchas cosas”, resume.
La diversificación fue vital. “Antes entrábamos tres empresas a una obra: fontaneros, calefactores y electricistas. Ahora entras tú y lo haces todo”. El sector, reconoce, no va hacia la especialización, sino hacia la integración: “Ese modelo de ser solo electricista se va a terminar seguro. A mí me encantaría seguir haciendo solo electricidad, pero es imposible”. Hoy sus ingresos están equilibrados: 40 % electricidad, 30 % fontanería, 30 % climatización. “En una obra puedo estar haciendo un cuadro eléctrico por la mañana y una aerotermia por la tarde”.
La falta de mano de obra
Pero si hay un desafío que marca su día a día, es la falta de mano de obra. Y en su zona, aún más. Fuenlabrada de los Montes es el conocido ‘pueblo de la miel’. “Si hay 350 familias, 300 se dedican a la apicultura”, explica. Un sector potente, rentable y arraigado, que absorbe a casi toda la juventud. “Aquí no encuentras a nadie formado. Aunque lances una oferta, no viene nadie”. Eso lo obliga a buscar perfiles sin experiencia e intentar formarlos desde cero. El problema es que muchos no aguantan: “Yo les enseño lo que a mí me ha costado aprender en muchos años, con paciencia… y luego dicen que no les gusta y se van”.

La distancia tampoco ayuda. “Estamos a 100 kilómetros del instituto más cercano. Un chaval que termina no se viene aquí a hacer prácticas; se queda cerca de su casa”. Asume, sin dramatismo, que su empresa tendrá que seguir creciendo por sus propios medios. Aun así, mantiene un flujo constante de trabajo: “Tengo presupuestos sin entregar porque no doy abasto. Tengo trabajo para dos personas más y no puedo contratarlas porque es imposible encontrar a nadie”.
A pesar de la escasez de personal, su empresa se ha convertido en referencia para los ayuntamientos de la zona. “Llevo 25 años trabajando para ellos: alumbrados navideños, ferias, conciertos…”. Su relación con la administración local fue también fruto del azar: “El instalador que había aquí se fue del pueblo. A los cuatro meses de abrir me llamó el ayuntamiento. Luego otro instalador se fue de otro pueblo y también me llamaron”. Una cadena de circunstancias que, unida al boca a boca, lo consolidó en cuatro o cinco municipios.

El papel clave de la asociaciones
De cara al sector, Camarero reconoce el papel crucial de las asociaciones profesionales. Forma parte de Asinet y acude a todo pese a estar a 200 kilómetros de la sede. “La asociación me ha solucionado muchos problemas. Estoy donde estoy gracias a ellos”. Destaca especialmente la ayuda frente a trámites con industria y distribuidoras eléctricas: “Si tengo un problema con una compañía grande, yo solo no puedo hacer nada. Con la asociación, sí”. También fue a través de Asinet como se abrió a la comercializadora. “Ni hubiera sabido que existía ese modelo de negocio”.
Su trabajo fue reconocido recientemente con el Premio Conaif Energía a Mejor Instalador 2025. “Lo recibimos con mucha alegría. Es un esfuerzo enorme que una empresa de un pueblo pequeño pueda tirar para adelante”. Para él, es también una señal de que “sí hay vida más allá de las grandes ciudades”.

Quizá por eso Kiko defiende con convicción la decisión de emprender en zonas rurales. “La decisión más importante de mi vida fue venirme a mi pueblo”, dice. “Cualquier joven que quisiera emprender en un pueblo, yo lo animaría siempre”. Lo explica desde su propia experiencia de calidad de vida: “A las siete de la tarde estoy en mi casa y, en diez pasos, estoy dando un paseo por el campo con mi perra. Eso es impagable”.
Y también desde la pasión sincera por el oficio. “Es un trabajo bonito. Hay días que se me hace corto”. Le gusta la variedad, el movimiento, la gente. “He visto diez caras distintas hoy”. Le gusta pensar, resolver, crear. “Cuando terminas una sala de aerotermia y ves que todo funciona, es como una escultura”. Y, sobre todo, valora la libertad: “No tengo a nadie diciéndome que tengo que estar estas horas. Yo me organizo”.
Después de más de dos décadas, Kiko Camarero sigue siendo el instalador que un día decidió volver a casa. Y que, contra todo pronóstico, convirtió ese regreso en la mejor oportunidad de su vida.












