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Sin instaladores profesionales no hay futuro

Por Álvaro Pimentel

La escena es habitual: se inaugura un nuevo edificio, el arquitecto estrella acapara los elogios, el promotor orgulloso corta la cinta, incluso las autoridades se unen a la foto. ¿Y los instaladores, los ejecutores de la obra, qué? Bien, gracias. Nadie les invita, nadie les menciona.

La única vez que su trabajo centra la atención es cuando algo falla: si hay una gotera, una condensación, un incendio o si el edificio ‘enferma’, entonces muchos dedos señalan al instalador. Si todo va bien, el mérito es del proyectista; si algo falla, la culpa es del instalador.

La situación requiere un cambio. El instalador es el héroe anónimo que hace habitables nuestros edificios, el profesional sin cuya habilidad y experiencia no tendríamos ni salubridad, ni seguridad, ni eficiencia, ni confort. Ha llegado la hora de reconocer su valía profesional como se merece, y hacerlo con urgencia. Y no se trata de un interés gremial: ese reconocimiento beneficiará a todos.

Ganamos todos

¿Quién gana con un instalador reconocido y profesional? Sencillo: todos. Para empezar, el propio instalador. Reconocer su profesionalidad significa poner en valor sus años de formación y buenas prácticas, reducir la siniestralidad laboral y la improvisación, frenar la competencia desleal del intrusismo y aportar estabilidad y futuro a un sector compuesto mayoritariamente por pymes, micropymes y autónomos.

Los fabricantes también salen ganando: se aseguran de que sus materiales, sistemas y equipos sean manipulados, instalados y mantenidos por profesionales cualificados, lo que garantiza que alcanzarán y mantendrán las prestaciones de diseño. Además, contar con instaladores cualificados permite aprovechar plenamente las innovaciones que incorporan los fabricantes; sus avances en I+D+i no se desaprovechan por desconocimiento o una mala instalación.

El sector de la construcción en su conjunto se ve reforzado: aumenta la calidad de las obras, se cumple con las últimas exigencias normativas y se arrincona la economía sumergida. Reconocer la profesionalidad del instalador dignifica la actividad, atrae y retiene talento joven, además de facilitar el relevo generacional en un sector al que le urge rejuvenecer para asegurar su supervivencia.

La jugada beneficia igualmente al usuario final, ese cliente cada día más exigente. Un instalador debidamente cualificado es garantía de que todo en su vivienda o lugar de trabajo quedará bien instalado y en perfecto funcionamiento. Esto se traduce en edificaciones más seguras, saludables, eficientes, confortables y duraderas, tal y como demanda el usuario.

Incluso el medioambiente sale ganando: una instalación bien ejecutada ayuda a mejorar la eficiencia energética del sector de la edificación, reduce residuos, alarga la vida útil y, en definitiva, contribuye a una construcción más sostenible. Calidad de vida para las personas… y también para el planeta.

Lo de antes funciona, pero mal

Tras una larga década de crisis, el sector de la edificación ha quedado envejecido y falto de profesionales cualificados.

Ahora que la construcción y la rehabilitación remontan, tenemos la oportunidad (y la responsabilidad) de reconstruir un sector modernizado y profesionalizado de cara al futuro. No podemos regresar a la ‘antigua normalidad’ de la obra descuidada y la mano de obra sin cualificar. Si queremos edificios de calidad y un sector con futuro, necesitamos hoy instaladores formados, reconocidos y bien valorados. Lo decimos alto y claro: no hay futuro sin profesionalización.

Manos a la obra

La teoría está muy bien, pero ¿cómo materializamos todo esto? Desde el propio sector de los instaladores trabajamos una hoja de ruta clara –en forma de manifiesto conjunto– con medidas concretas para lograr ese reconocimiento del instalador profesional. En resumen, se trata de actuar en tres frentes: la formación, la calidad y el apoyo institucional.

  • Formación, formación y más formación. Hay que impulsar la cualificación del instalador en todos sus ámbitos: crear o actualizar las titulaciones oficiales necesarias e incentivar a centros de formación y comunidades autónomas a ofertarlas e impartirlas; ofrecer cursos de especialización como vía complementaria; fomentar la formación dual para recuperar la figura del aprendiz; promover la formación continua dentro de las empresas instaladoras…

Además, debemos aprovechar las vías de acreditación de competencias y los certificados de profesionalidad para reconocer la experiencia de quienes ya conocen el oficio. Sin una base formativa sólida, no hay prestigio ni profesionalización posible.

  • No me lo cuentes, demuéstramelo. Simultáneamente a la formación, hay que distinguir y respaldar al profesional cualificado. Para eso, urge impulsar la normalización en torno al instalador: disponer de normas y estándares que definan las buenas prácticas, y respalden su conocimiento. También implantar sistemas de certificación y homologación que distingan al instalador profesional: carnés profesionales, sellos de calidad, registros oficiales y acreditaciones de empresas, incluso crear esquemas de certificación en aquellos oficios donde aún no existan.

Además, es importante involucrar a las aseguradoras y los organismos de control técnico porque la exigencia de un instalador profesional facilita su trabajo y garantiza los buenos resultados. Un sector con estándares claros, sellos de calidad y seguros específicos es un sector fiable para todos.

  • Apoyo institucional. La clave es lograr que las administraciones públicas respalden e impulsen el cambio. ¿Cómo? Reconociendo y valorando la profesionalidad del instalador en la contratación pública. Que el precio no sea el único baremo: la calidad y la profesionalidad deben puntuar.

Convertir las palabras en acción

En paralelo, la normativa debe dar cabida a esta figura: incluir al instalador profesional en el Código Técnico de la Edificación y en la normativa de instalaciones, definiendo los requisitos que debe cumplir e introduciendo exigencias para que las instalaciones las ejecute quien esté debidamente cualificado. Si la administración reconoce y exige profesionales, el mercado le seguirá.

Hay muchas asociaciones y entidades comprometidas con el reconocimiento profesional del instalador, impulsando distintos modelos de formación, desarrollando normas y certificaciones de calidad, trabajando por el reconocimiento profesional del instalador y colaborando con la administración para modernizar el sector de la instalación. Pero ese compromiso tiene que extenderse a todo el sector y, sobre todo, traducirse en hechos.

Toca convertir las palabras en acción. Nos jugamos la calidad edificatoria, la confianza de los usuarios y el futuro mismo de la profesión. Lo tenemos claro: sin instaladores profesionales, no hay futuro. ¿A qué esperamos?

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